País a la machimberra

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En Venezuela hay un grupito, pequeño pero muy ruidoso, habituado a exponer al mundo su inconformidad como único argumento político válido.

Es un grupito que solo sabe pedir. No sabe armonizar criterios ni llegar a acuerdos sino patalear porque se les complazca en todo, sin importarle en lo más mínimo los derechos de los demás. No le interesa el concepto de conjunto social. Ni mucho menos la idea de justicia e igualdad. Solo busca su satisfacción propia.

Pide elecciones porque dice que la falta de éstas es signo revelador de las tiranías. Pero cuando se hacen las elecciones llama a la abstención y desconoce sus resultados, incluso desde antes de estos obtenerse.

Dice que necesita pruebas irrefutables de transparencia electoral. Dichas pruebas siempre le son concedidas y en señal de conformidad con las mismas firma las actas de certificación de todas y cada una de ellas. Pero, aún así, termina cantando fraude.

Pide entonces conteo total de votos (porque en su obcecación no entiende que la elección es en sí misma un escrutinio) y cuando se cuentan en su totalidad pide que la gente descargue una arrechera que no tiene, porque ya con su voto dijo lo que quería decir, provocando así que quienes salgan a las calles sean solo los desadaptados que le hacen el juego a la arbitrariedad de ese grupito que ve en la figuración con la que le ayudan los medios de comunicación de la derecha el oxígeno para su terco empeño.

Vuelve a pedir elecciones y vuelve a exponer su nunca explicada inconformidad como único argumento. No muestra jamás señal alguna de satisfacción porque asume que aceptar satisfacción es claudicar a algún principio. Solo que sus principios son tan inexplicables como su terquedad y complacerle se torna en el perpetuo cuento del gallo pelón.

Provocando sin ningún fundamento desconfianza en el rector electoral, ha pedido por años su destitución y el nombramiento de nuevas autoridades. Con esa excusa ha salido a las calles, ha generado violencia, ha expuesto y sacrificado vidas, llegando al extremo de pedir una invasión extranjera en la que deposita su sed de poder eternamente insatisfecha.

Ahora hay un nuevo CNE, pero tampoco lo acepta. De nuevo queda claro que jamás ha querido democracia sino apropiarse del país a la machimberra.

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