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Cuando no quieren comer

Cada vez hay más padres preocupados porque sus hijos no comen bien o no tienen buenos hábitos de alimentación. En cualquier caso, debe entenderse que alimentarse va más allá del acto fisiológico necesario para vivir: los factores emocionales juegan un papel importantísimo y permiten desarrollar las capacidades del niño de una manera distendida.

“Adquirir un buen hábito de alimentación ayudará al pequeño a aprender otras costumbres, porque generará un esquema global de aprendizaje que le servirá para estudiar, a ser constante y a enfrentarse a nuevas situaciones”, apunta Rocío Ramos-Paúl, psicóloga educadora de menores y quien trabaja bajo la premisa de establecer hábitos y límites de manera armoniosa para conseguir que el niño crezca feliz.“Es muy importante hacer entender a los padres la relación de los niños con la alimentación y conseguir que la hora de la comida sea sinónimo de un buen rato en familia” agrega la experta.

Sobre a qué edades suelen comer mal los niños, Ramos-Paúl puntualiza que no es una cuestión de edad. “Aprender a comer necesita de la repetición de una rutina que genere un hábito. Esto es, todos los días a la misma hora, en el mismo sitio y de la misma manera -apunta-. Además, requiere que el niño vaya adquiriendo las capacidades necesarias para hacerlo adecuadamente: mantenerse sentado, aceptar la cuchara, introducir sólidos y alimentos nuevos, son algunas de ellas.

– ¿Cuáles son los malos hábitos alimenticios más frecuentes que tienen los niños y a qué se deben?

– El niño pasa por distintas etapas y en cada una tiene que aprender determinadas cosas. Cuando no lo hace, comienzan las dificultades. Esto es, si ya come purés pero se niega a masticar sólidos, aparece un conflicto. Si decide no incluir alimentos nuevos en su dieta se vuelve selectivo, señala Ramos-Paúl.

HÁBITOS SALUDABLES

Los adultos deben generar en torno a la comida un hábito saludable que facilite la alimentación. Por ejemplo, poniendo el mismo menú para todos, estableciendo un tiempo de comida, no picando entre horas y haciendo de modelo para sus hijos al comer de todo. También es importante fomentar la convivencia familiar en la comida. Una buena costumbre es responsabilizar a los niños de poner la mesa, hablar de lo que más nos ha gustado del día o permanecer todos sentados desde que se empieza hasta que terminamos de comer.

EL AMBIENTE FAMILIAR

Los primeros años de la infancia son un periodo crucial en la adquisición de hábitos, como las preferencias por ciertos sabores, la autorregulación de la ingestión de comida y la transmisión de las creencias familiares y culturales sobre la alimentación y la actividad física. Por ello es fundamental el papel y la influencia de los padres y madres en las futuras actitudes y conductas infantiles, y así prevenir la obesidad en los niños.

Se ha comprobado que en las situaciones en las que predomina una dinámica de conversación, que incorpora el gusto por comer y probar alimentos, el ambiente de la comida es más satisfactorio. Además, comer en familia, con tiempo, compartiendo experiencias, ofrece la posibilidad de que el pequeño pueda estar atento a sus propios gustos, experiencias sensoriales, logros, sensaciones de hambre y saciedad, etc., creando un ambiente familiar agradable y positivo.

Una mayor duración de la comida (entre al menos 20 minutos y una hora) suele corresponder a familias con una mayor interacción con los hijos a la hora de la comida y un ambiente positivo de conversación centrada en las actividades de los hijos e hijas, lo que representa un contexto más favorable. También, los pequeños necesitan su tiempo para comer y que se respete su propio ritmo, como condición básica para que la comida pueda representar un aprendizaje positivo, tanto sensorial de nuevos sabores, aromas y texturas, como sobre todo de tipo relacional.

TRASTORNO POSTERIOR

Las situaciones en que no hay elementos de distracción en la mesa, como juguetes, televisión y aparatos electrónicos como el teléfono móvil o la tableta electrónica y los padres y madres interactúan con sus hijos, interesándose y conversando con ellos, los pequeños se distraen menos y se centran en la comida y en la relación. A la vez, cuando los malos hábitos se mantienen en el tiempo, surgen situaciones como las de padres que no van a comer a un restaurante porque su hijo de tres años solo come puré; que no van de excursión con el colegio por lo mismo; o que antes de salir de vacaciones tienen que elegir el lugar de destino en función de si el supermercado cercano tiene el alimento concreto que le gusta al niño. El recrudecimiento de este tipo de comportamientos aumentan las probabilidades de generar un trastorno alimentario posterior.

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