La última frontera se privatiza

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IN SPACE - JULY 17: (EDITORIAL USE ONLY) In this handout photo provided by the European Space Agency (ESA) on July 17, 2014, German ESA astronaut Alexander Gerst took this image of the Earth reflecting light from the sun whilst aboard the International Space Station (ISS). Gerst returned to earth on November 10, 2014 after spending six months on the International Space Station completing an extensive scientific programme, known as the 'Blue Dot' mission (after astronomer Carl Sagan's description of Earth, as seen on a photograph taken by the Voyager probe from six billion kilometres away). (Photo by Alexander Gerst / ESA via Getty Images)

La competencia entre compañías privadas ha reducido un 50% los precios de lanzamientos orbitales tras décadas de aumentos incesantes. El problema no es que el sector privado participe en la exploración espacial, sino que cree nuevos monopolios.

Cuando en 2011 la NASA abandonó su programa de transbordadores espaciales –utilizados, entre otras cosas, para lanzar satélites y el telescopio ­Hubble, así como en la construcción de la Estación Espacial Internacional (ISS)–, lo hizo por razones esencialmente económicas. Era demasiado caro en relación a los beneficios científicos y de prestigio que suponía su uso.

Desde entonces, la agencia espacial no ha obtenido del Congreso de Estados Unidos la financiación necesaria para emprender misiones de la escala del programa Apolo. Donald Trump se propuso recuperar el tiempo perdido al fijar 2024 como meta para regresar a la Luna. Joe Biden ha confirmado el objetivo, pero no la fecha. Si se alcanza esa meta, será con la ayuda de compañías privadas como SpaceX de Elon Musk, Blue Origin de Jeff Bezos o Virgin Atlantic de Richard Branson, posibles contratistas de la NASA en futuras misiones lunares. Según la consultora Bryce Tech, en 2020, algunos inversores dirigieron 28.000 millones de dólares a todo tipo de emprendimientos aeroespaciales.

El VSS Unity de Branson y el New Shepard de Bezos alcanzaron el borde del espacio exterior –que empieza en la llamada línea Kármán, a unos 100 kilómetros de la superficie terrestre– en cohetes reutilizables desarrollados por sus propias compañías. SpaceX ha anunciado que llevará al espacio a pasajeros comerciales en septiembre. La compañía, cuyo valor en bolsa es de 74.000 millones de dólares, ha desarrollado también tecnologías de retropropulsión para aterrizar naves espaciales en planetas sin atmósfera. Blue Origin, por su parte, está experimentando con combustibles complejos como el oxígeno y el hidrógeno líquidos, que permitirían alcanzar objetivos más ambiciosos.

En 2019 la NASA anunció que abriría la ISS a negocios comerciales, incluido el turismo, estimando que pasar una noche en la estación costaría 35.000 dólares y 50 millones de dólares el vuelo entero. Morgan Stanley calcula que en 2040 la economía espacial generará ingresos por valor de un billón de dólares, frente a los 350.000 millones actuales. El banco de inversión Cowen estima que dos de cada cinco personas con fortunas superiores a los cinco millones de dólares estarían dispuestas a pagar 250.000 dólares por un viaje similar a los de Branson y Bezos, a quienes acompañó Oliver Daemen, de 18 años, su primer cliente de pago e hijo del director ejecutivo y fundador de Somerset Capital Partners.

Hoy más de 40 países tienen programas espaciales propios, entre ellos Brasil, India y Emiratos Árabes Unidos. En Europa, la suiza ClearSpace ha ganado un concurso de 86 millones de euros de la Agencia Espacial Europea (ESA) para lanzar en 2025 una nave con brazos mecánicos que destruirá un objeto orbital de 100 kilos, empujándolo de regreso a la atmósfera terrestre para que la fricción de entrada lo desintegre.

La ESA estima que hay unos 5.000 satélites activos o a la deriva en órbitas bajas, un 50% más que hace dos años. SpaceX, Amazon, OneWeb, Telesat y la china GW añadirán varios miles más en los próximos años. Incluso un fragmento de un centímetro puede inutilizar un satélite. Casi cada dos semanas, los 20 satélites de la ESA tienen que realizar costosas y complejas maniobras para evitar las colisiones. En mayo, Isar Aerospace, con sede en Múnich, fue la primera compañía europea privada en ganar un contrato del gobierno de Berlín para lanzar dos satélites.

Los senadores Bernie Sanders y Elizabeth Warren han criticado a Bezos por gastarse fortunas en satisfacer su megalomanía en medio de una pandemia. Sus 11 minutos en el espacio costaron más de 2,5 millones de dólares el minuto. Una buena inversión si el turismo espacial mueve 5.000 millones de dólares en 2025, como anticipan algunos analistas. Blue Origin tiene listas de espera que acumulan 100 millones de dólares en ofertas de compra de pasajes que permitan observar la curvatura de la Tierra y experimentar la pérdida de gravedad por unos breves minutos.

En The consequential frontier (2019), el periodista Peter Ward advierte que el problema no es que el sector privado participe, sino que cree nuevos monopolios. SpaceX ha ganado, por ejemplo, un contrato de 149 millones de dólares del Pentágono para construir sistemas de rastreo de misiles. Pero la competencia, al mismo tiempo, ha reducido un 50% los precios de lanzamientos orbitales tras décadas de aumentos incesantes, lo que beneficia a los contribuyentes al permitir a la NASA y al Pentágono reducir sus costes.

Los vuelos de Branson y Bezos empezaron en realidad en 1996, cuando Peter Diamandis creó el XPrize, un premio de 10 millones de dólares a quien diseñara un cohete reutilizable capaz de alcanzar una altura suborbital. El ganador fue el SpaceShipOne de Burt Rutan, que ya había diseñado el Voyager, un avión que circundó el mundo en nueve días sin repostar. Virgin Galactic Airways adquirió las licencias tecnológicas del diseño de Rutan, que sirvió también de modelo para el Falcon 9, el cohete reutilizable de SpaceX que lleva astronautas a la ISS.

Tomado de Política Internacional

 

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