El ‘pecado’ capitalista de los chinos comunistas

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La crisis de Evergrande deja entrever algunas fisuras del modelo económico chino. A los mercados y a Pekín les inquieta que la inmobiliaria no sea la única víctima de la peligrosa burbuja.

odía haber sido cualquier otro año y no en 2021. Pero el destino, la sucesión de acontecimientos, ha querido que China se enfrente a sus miedos y contradicciones en el centenario del Partido Comunista chino (PCCh). Quien está amargando la fiesta a los herederos de Mao Zedong, el Gran Timonel, es Evergrande.

La crisis de la inmobiliaria quita el sueño estos días tanto a banqueros y ‘brokers’, como a la cúpula del Gobierno chino. Por motivos muy diferentes. Grandes inversores y fondos de inversión se juegan un dineral con Evergrande, al borde de la muerte por asfixia por su deuda descomunal. Pekín y los ‘popes’ del partido, por su parte, ven la crisis de la inmobiliaria como un mal síntoma, una evidencia de que las goteras que afectan desde hace tiempo al sistema pueden acabar una inundación.

El riesgo de Evergrande ya estaba anotado en la agenda de Xi Jinping cuando compareció el pasado 1 de julio en la plaza de Tiananmen. Para conmemorar el 100 cumpleaños del PCCh, el presidente chino eligió el mismo lugar donde Mao Zedong proclamó la República Popular en 1949. Desde su púlpito, ante 70.000 incondicionales, prometió seguir trabajando por “el rejuvenecimiento de la nación china”. En un año de fastos, con un nuevo Plan Quinquenal recién aprobado en marzo, Jinping no esperaba que China iba a acabar en el foco mundial por culpa de una inmobiliaria.

El problema es que Evergrande no es una empresa más. Tiene en nómina a 200.000 empleados, proyectos en 280 ciudades y un pasivo de 254.000 millones que equivale al 2% del PIB chino; y sus interconexiones (en ella invierten fondos de medio mundo) la convierten en una amenaza para la estabilidad de los mercados. Pero, por encima de todo, lo que asusta a los inversores en Asia y Occidente es que el batacazo de Evergrande sea un botón de muestra, que otras empresas chinas se queden por el camino, víctimas de un ‘pecado capitalista’ cada vez más común en la nación que gobiernan los comunistas.

El ‘pecado’ es el exceso de sus gestores, la obcecación por el crecimiento desmedido a costa de un endeudamiento alocado. No hay que viajar muy lejos para encontrar ejemplos: por las mismas razones pincharon en España BankiaBanco Popular, numerosas cajas de ahorros e inmobiliarias tan grandes como Martinsa Fadesa. Lo que inquieta a algunos analistas es que esos males del capitalismo tengan lugar, precisamente, en China; un país al que se le presumía un control mucho mayor de los mercados.

“Al parecer, a los líderes comunistas chinos se les olvidó ese capítulo de Marx sobre las crisis cíclicas y recurrentes del capitalismo. Ojo, a ver si en lugar de acabar ellos con el capitalismo mundial, no acaba este con ellos”, ironizaba esta semana en Twitter el economista y exministro Jordi Sevilla.

Las raíces del problema de Evergrande son profundas. Hay que buscarlas en las decisiones que ha tomado el PCCh en las últimas tres décadas, para que China dispute a Estados Unidos el título de primera potencia mundial. El viaje lo emprendió en 1978 Deng Xiaoping, a quien se le atribuye una frase memorable: “No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”. Bajo esa premisa, con esa forma de entender la política y la gobernanza, el líder comunista inició el difícil viraje de la economía china, desde un socialismo absolutamente planificado a una especie de capitalismo teledirigido por el estado.

Xiaponing puso fin a la época oscura protagonizada por Zedong. El Gran Timonel emprendió en 1958 el llamado Gran Salto Adelante, un amplio conjunto de medidas dirigidas a transformar una economía anquilosada y dependiente del campo. Bajo su mandato, se colectivizaron las tierras y los medios de producción, y se constituyeron los grandes emporios públicos. También se forjó un Estado omnipotente, amo de una economía cuadriculada y cerrada al exterior. La principal herencia de Mao Zedong es conocida de sobra: el hambre se cobró la vida de millones de personas.

Deng Xiaoping asumió que la única forma de reactivar la economía china pasaba por la progresiva liberalización y la apertura al exterior. En apenas una década (de 1978 a 1989), el mandatario sentó las bases para convertir a China en la mayor fábrica del planeta. El PIB comenzó a ascender con fuerza. Según el Banco Mundial, en 1984 registró un pico del 15,1%. Desde entonces hasta mediados de la pasada década, siempre ha arrojado incrementos anuales por encima —o muy por encima— del 7% (la única excepción son los años 1989 y 1990, coincidiendo con el ‘shock’ petrolero).

Los sucesores de Xioping avanzaron por la misma senda, adelgazando el sector público y volcando en las exportaciones casi todo el peso del PIB. Como resalta el economista Branko Milanovic en su libro ‘Capitalismo, nada más’, en 1978 las empresas estatales copaban casi el 100% de la producción industrial. En 1998, la cuota había descendido hasta la mitad y hoy día ronda ya el 20%.

El resultado es conocido: no hay otra economía en el mundo que haya crecido tanto en tan poco tiempo. Sin embargo, la excesiva dependencia del sector exterior —con los riesgos de contagio que conlleva— y la desigualdad galopante llevó a los gobernantes chinos a potenciar la demanda interna, el consumo de los hogares, con el objetivo de ensanchar la clase media. Ese giro sentó las bases de los excesos como el de Evergrande.

A principios de la pasada década, muchos analistas advertían ya del nacimiento de burbujas. “A pesar de la escasez y limitada fiabilidad de los indicadores oficiales sobre el sector inmobiliario, la mayoría de estudios sugieren que no se puede hablar de una burbuja inmobiliaria generalizada en China, sino de la existencia de burbujas localizadas en las ciudades de Shanghái, Shenzhen y Guangzhou, así como en Beijing”, señalaba CaixaBank Research en un informe de 2012. El aviso iba bien encaminado: Evergrande nació y creció en Guangzhou, y hasta el equipo de fútbol local lleva su nombre en la camiseta.

Al igual que ocurrió en España en la época del ‘boom’, los protagonistas de las burbujas eran empresas que habían aprovechado un marco político y financiero favorable para crecer a base de deuda. El gabinete de Xi Jinping le vio las orejas al lobo. A mediados de la pasada década comenzó a penalizar endeudamiento. “En el anterior Plan Quincenal, el Gobierno dejó claro que no había que China no podía seguir creciendo por crecer, aunque eso supusiera sacrificar parte del PIB”, explica Mario Esteban, investigador principal del área Asia-Pacífico del Real Instituto Elcano.

Ese cambio de ‘filosofía’ se tradujo en medidas para forzar el desapalancamiento de las empresas. Las últimas se impusieron en verano del año pasado y supusieron el inicio de la cuenta atrás para Evergrande. “Al poner restricciones al endeudamiento, el Gobierno limitó el acceso a los mercados. Empresas como Evergrande se vieron sin posibilidades de acceder como antes a la financiación”, añade Mario Esteban.

La duda de los expertos es si Pekín llega demasiado tarde. Por un lado, las restricciones a la actividad han propiciado cierta ralentización del PIB. La economía inició la pasada década con un crecimiento del 10,6%, casi el doble que el año anterior a la pandemia (5,9% en 2019). Por otro lado, las medidas de contención no han logrado aún deshinchar como se pretendía las burbujas. El ejemplo más obvio y más grande es el de Evergrande.

Hasta hace poco, “las empresas percibían que podían seguir operando como siempre, no se terminaban de creer que les iban a cerrar el grifo. No hay que olvidar que hablamos de empresas privadas, no estatales, que no siguen a rajatabla lo que dice el Gobierno”, explica el investigador del Real Instituto Elcano.

El dilema en torno a Evergrande

¿Dejará caer Xi Jimping a la inmobiliaria? Quienes siguen de cerca al país asiático no lo ven muy probable, aunque ninguna opción está descartada. Son muchos los analistas que apuestan por una solución ‘intermedia’: dejarla caer amenazaría con desatar turbulencias imprevisibles en los mercados y rescatarla emitiría una señal indeseada a las empresas que se han excedido. “Es descabellado compararla con Lehman Brothers, Pekín tiene más palancas para controlar la crisis. Pero el Gobierno chino sí tiene que enviar un mensaje: a Evergrande no le va a salir gratis“, concluye Esteban.

El desenlace de la crisis de Evergrande puede pasar por un ‘desguace’ ordenado, con un programa de quitas sobre los acreedores y compensaciones a los afectados por el parón de las promociones en marcha. A corto plazo, la empresa encara varios vencimientos en situación límite. Esta misma semana ya no ha podido afrontar el pago de 80 millones en intereses ligados a un bono. Y la próxima semana debe abonar otros 27 millones.

Además, hay miles de personas que pueden perder los ahorros invertidos para comprarse una casa (Evergrande cuenta con 1.300 promociones en China). Lo que menos necesita el régimen es un alboroto social, ahora que el país está viendo desarrollarse una nueva clase media y en pleno centenario del partido que fundó el Gran Timonel.

Tomado de Voz Populi

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