Paralelismo entre las farsas de Nicaragua y Venezuela

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Adolfo P. Salgueiro

Mañana será el día en que se escenificará la farsa electoral que quienes detentan el poder real han organizado. Unos votarán, otro no. En la noche nos enteraremos cuál es el resultado aun cuando la “tendencia irreversible” (Tibisay dixit) se conoce desde hace meses. Vaya desde estas líneas la crítica a quienes –desde la acera “democrática”– contribuyeron a debilitar la unidad. ¡Cuentas rendirán!

El cronograma de elecciones en nuestro continente ha concentrado varias precisamente en esta época, algunas competitivas y razonablemente bien llevadas (Perú, Argentina), otras menos y finalmente algunas que son absolutamente vergonzosas, como es el caso de Nicaragua y el de Venezuela. La pugna por llevar al continente hacia una u otra deriva ideológica es inmisericorde y revela la condición pendular de la orientación de la región. Hace un lustro el péndulo se situaba en el espacio democrático más o menos liberal, mientras hoy parece que el movimiento es hacia el lado opuesto. Falta ver qué pasará en Honduras y en Chile la semana entrante.

La elección que acaba de transcurrir en Nicaragua el pasado día 7 reviste importancia no solo para aquel país centroamericano, sino que sirve y servirá de termómetro para medir el posible éxito o fracaso práctico de su credibilidad y consecuencias. Sabiendo, como sabemos, que las condiciones generales en las que se desarrolló ese proceso son muy parecidas a las nuestras en cuanto a ventajismo y abuso oficial, podemos trazar algunos paralelismos.

Es evidente que muy pocos son aquellos que se comen el cuento de la legitimidad del triunfo de la dupla Ortega-Murillo con 76% de los votos. El marco grotesco  en el cual aquella farsa se llevó a cabo ha dado por resultado el desconocimiento y repudio generalizado del mismo salvo, naturalmente, por parte de aquellos que por razones de complicidad ideológica o conveniencia política han anunciado su apoyo automático como Rusia, China y Cuba. Tan es ello evidente que en la OEA se presentó un proyecto de resolución para desconocer la farsa y el mismo obtuvo la aprobación de 25 de los 34 miembros. Tan grosero ha sido el proceso en su conjunto que países como Argentina y Perú, cuyos gobiernos militan en el sector de la izquierda “progre”, desconocieron la legitimidad y hasta Bolivia –del mismo club– prefirió abstenerse. Mención aparte el caso de México, que también con su abstención sirvió de alcahuete de la vergüenza alegando que pronunciarse sobre elecciones en otro país es “intervencionismo”. No se diga del siempre triste papel de varios de  los minipaíses del Caribe ahorcados por el bozal de quien les pueda facilitar la arepa, más la atribulada Honduras sumida en un proceso electoral para el venidero día 28. Realidad hasta hoy: Ortega dice que ganó y sigue ocupando el palacio presidencial. ¿El futuro? Veremos.

Lo anterior puede ser tenido en cuenta para lo que se avecina en el caso del proceso venezolano de mañana, cuando un oficialismo superficialmente homogéneo es posible que se imponga a una oposición decididamente heterogénea.

Vendrán rápidos apoyos y reconocimientos de Rusia, China, Cuba, Bolivia, Argentina y México (que en este caso no invocará la “no injerencia”). Los de la parcialidad de la democracia liberal revisarán sus preferencias seguramente con mayor profundidad que en el caso Nicaragua (que solo milita en la liga de los  “Criollitos”, no en la gran carpa), Estados Unidos y Canadá condenarán y sancionarán, la Unión Europea seguramente se pronunciará “que sí, pero no…” habida cuenta de sus propias tendencias internas. Pasados los días y semanas, la usurpación nacional seguirá ocupando los espacios de poder y los nuevos ungidos  de lado y lado se acomodarán según sus conveniencias.

Ante un panorama sombrío como el que se avizora, habrán muchos que preferirán bajar la guardia, “tirar la toalla” y esperar que sea solo el paso del tiempo el que resuelva el drama permaneciendo ellos fuera del entuerto. No es así como contribuirán para legar a sus hijos y nietos una Venezuela mejor que la que hoy tenemos.

Tomado de El Nacional

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