Los impostores

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Antonio Ledezma

Tienen dobles discursos. Según la ocasión, apelan a sus narrativas, condimentadas magistralmente para deleitar el paladar de cada auditorio en el que se sirva ese menú. Siempre se encontrarán con incautos que se dejen embelesar con esas pócimas demagógicas y populistas. En esos oficios, para sazonar fraudes, se han ganado muchas estrellas Michelin. Son unos magos para mezclar cualquier aliño con aceites que vierten sobre piezas de pollo, pato, marrano o vaca vieja. No se les arruga un músculo de sus caras para mentir con el mayor de los descaros. Igualmente son fríos, calculadores y expertos en simulaciones de sentimientos que manifiestan brotando “lágrimas de cocodrilos”.

Así tenemos que cuando se reúnen con personas dolientes del medio ambiente, se desparraman en peroratas según las cuales son ellos los que más defienden la ecología “en este planeta maltratado por los explotadores conectados con ese perverso colonialismo que llegó para arrasar con nuestras riquezas naturales”. ¡Puras mentiras! Solo basta buscar en las redes el informe de @SOSOrinoco para que nos cercioremos del crimen descomunal que se comete, continuamente, en el Arco Minero venezolano. ¿Y quiénes lo perpetran? Esos mismos defensores del ecologismo. Por eso es que se mimetizan con una habilidad impresionante. Pasan de ser ardorosos defensores del socialismo a flemáticos postulantes de esquemas neoliberales. Son conversos en cualquier modo, de allí que no acusan malestar estomacal al comerse una bandeja de chicharrones, para aparentar que son muy “populares”, pero la verdad es que ya le agarraron el gusto a las huevas de esturión en conservas. ¡Ah!, y ese caviar lo degustan al compás de champaña de la buena, Moët & Chandon.

Y pensar que más de uno se comió el cuento ese de Chávez, cuando gritaba, a los cuatro vientos, que “ser rico es malo”. Pero eso sí, no para los socios de la falsa revolución que están buchones, más bien atragantados de dólares robados del Tesoro Nacional. Los que se deleitan en los casinos instalados en lo que una vez fue “la ruta de la empanada”; los que desmantelaron los “gallineros verticales” para acometer sobre sus ruinas las obras de los bodegones y los que antes se fotografiaban subiéndose y bajándose de las unidades de transporte público, para ahora pasearse en sus flamantes Ferraris que dejan a buen resguardo de sus escoltas a las puertas de los restaurantes de Los Palos Grandes o de Las Mercedes.

¡Ah!, otra cosa es la realidad para los milicianos que fanfarroneaban, jurando, que “estaban dispuestos a comer piedra” para morir, si era preciso, por el socialismo del siglo XXI. Pues bien, la verdad sea dicha, sí resultó siendo verdad, porque a los de las bases los tienen resignados a recibir pensiones y salarios miserables. Además, esas misiones y las cajitas del CLAP, “no alcanzan ni pa’ los frescos”.

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