Rusia y el cisne negro

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Asdrúbal Aguiar

La experiencia de la democracia no se tiene, se hace. Tanto como el transitar sobre los espacios institucionales del Estado de Derecho y la sujeción de todos a la ley, para que las reglas de juego no sean burladas sin consecuencias, reclama de una cultura de respeto a nuestros semejantes. No es la que rige en el mundo del progresismo globalista y en sus gobernantes adherentes.

Hasta el presente, lo dado, lo que está allí y es inherente, es potencia que se desarrolla o se atrofia, es la libertad. Subyugarla, por ende, es un atentado a la naturaleza de lo humano. Pero lo cierto es que, en el transcurso de la historia de los hombres y de los pueblos, solo la democracia y el imperio de la ley hacen posible –como columnas y con todas sus deficiencias– que las personas puedan construir, libremente, el edificio de sus personalidades. Ello reclama de localidad, léase de espacio, y de tiempo, para forjar lazos; infravalorados estos bajo la emergente gobernanza que privilegia lo virtual y lo instantáneo.

No es una perogrullada, pues, afirmar la interdependencia entre lo que se es y lo que se hace; entre derechos humanos, democracia y Estado de Derecho. Ninguno avanza separado de los otros, a menos que se los falsifique o vuelva engaño en el teatro de la democracia.

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